La escribí para mi clase de Géneros Periodísticos Informativos, me gustó mucho y quise compartirla, igual… espero que les guste:
Cómo encontrar a un deportado
Durante el gobierno de Obama se han autorizado más de 800 mil deportaciones, imposible es el adjetivo más distante para toparte uno en Chihuahua, un estado fronterizo.
Me había topado en bares con algunos que decían ser deportados, me habían pedido el favor de darles algunas monedas para comprarse un mezcal y me explicaban historias contradictorias. Él no, él se acercó a mí como a las tres de la tarde en un parque por el centro histórico de la capital. Yo estaba sentada en una banca charlando con un amigo quién alguna vez se fue de gira con su banda por los estados sureños Estados Unidos.
Encuentro
Me ofreció una paleta de caramelo a cambio de unas monedas, su compañero lo esperaba a unos 15 metros. Cómo vio que mi amigo y yo fumábamos, esperó paciente para pedirnos poco menos de la mitad del cigarro.
“Mire amiga, nosotros fuimos deportados de allá del otro lado y pues andamos pidiendo una ayudita, allí lo que guste…”
Le di una moneda de cinco pesos, me dió una paleta de caramelo sabor cajeta que posteriormente yo comería en la noche.
“Oiga amigo” le dijo el deportado a mi compañero, “¿no me quiere dar un cigarro? Si quiere, nomás la bachita*.”
Mi amigo le explicó que como lo acababa de encender, tendría que esperar para darle “la bachita”.
“No, sí, está bien, yo lo espero… ¿Oiga, y usted de dónde es?”
Mi amigo le respondió un montón de mentiras, le dió un nombre falso y le dijo que era de Parral.
“¿De Parral? Está bonito para allá, ¿no? Mucho cerro, yo no conozco pero me han platicado”
Yo, a diferencia de mi acompañante, me puse de pie, me presenté, lo saludé sujetando su mano con confianza, como se saludan los hombres. Tenía las manos ásperas, resecas y se sentían algunos callos, sus uñas estaban ennegrecidas.
Se negó a ser grabado, inclusive le prometí que no revelaría su cara, ni su nombre, ni nada de nada. Él alegó que por la voz podrían darse cuenta allá del otro lado, después agregó que si me decía por dónde cruzaba después ya nadie volvería a poder cruzar por allí porque los gringos se darían cuenta y vigilarían más. Aun no entiendo su primer argumento.
Jamás le pregunté su nombre a pesar de que yo si le di el mío, el real. Parecía incómodo desde que le propuse lo de la entrevista, se podían ver sus ansias como para salir corriendo, tal vez mis insistentes preguntas lo intimidaban. Quizá, en otro momento, sería yo la intimidada.
Entrevista
Él era un hombre moreno con ojos color miel, tenía muy poco vello facial. Era delgado y sus arrugas se hacían prominentes en la quijada. Tenía algunas cicatrices en la cara, si no me hubiera dicho que es un migrante deportado yo pensaría que es pandillero. Su acento definitivamente no era del sur. Medía como 1.70 metros, a lo mucho.
Llevaba una mochila color khaki dónde colgaban un par de ollitas para hervir agua y cocinar, llevaba también una playera de manga larga a pesar de que hacía calor, yo supongo que es para no exponer su piel directamente al sol mientras camina. También llevaba puesta una cachucha.
Le insisto una y otra vez que me cuente sus historias. Él me dice:
“Yo he trabajado en Phoenix, en Las Cruces, en Los Angeles, en Flagstaff, Arizona…”
Mencionó un montón de poblados gringos, él es más cosmopolita que yo.
Su amigo se aproxima, no produce ningún sonido. Nos mira fijamente, espera también paciente pues él también quiere una fumada.
Le pregunto que si habla inglés, me dice que no pero que su amigo sí. Su amigo, un poco menos moreno qué él continua mirándome fijamente, pero no habla.
Creí que sería conveniente si le decía unos cuantos datos del tema, para que supiera que la investigación de la que hablo era verdad, no como todo lo que mi compañero le dijo. Le menciono poblados fronterizos e intento hacerle entender que mis intenciones no son nada más que académicas.
Él continuó mirándome con aire de incredulidad. Su amigo, en cuclillas, permanece callado. Yo los miro a ambos esperando una respuesta.
“Tome, aquí tiene el cigarro”.
Le doy la mitad de mi cigarro para que no se vaya. Comienza a fumar grandes bocanadas de humo con prisa. Hay un silencio y luego comienza hablar repentinamente:
“Mire, yo me voy por Nogales, luego camina uno seguidito hasta el arroyo…
Su relato, a pesar de no durar más de un minuto, fue muy descriptivo y detallado. Decía hacia qué lado girar, señas particulares del trayecto, mencionó que abordaban un tren y que caminaban sin parar.
Su amigo se puso de pie y se alejó unos metros, en cuanto terminó su relato me dio un apretón de manos que precedía su partida. Yo insistía casi desesperada que no se fuera, le pregunté dónde podía conseguir más personas en su condición de migrantes a quienes pudiera entrevistar.
Despedida
“Allí en la Plaza de Armas, la gente que vea así con mochila por allí, sentados… esos están recién llegaditos”
Ubicada frente a la Catedral, la Plaza de Armas estaba a unas cinco o siete cuadras de donde nos ubicabamos. Antes de poderle preguntar cualquier otra cosa, él desapareció caminando rápido con su compañero.
No había nadie con las características que él me describió en Plaza de Armas. Incrédula, le pregunté a mi amigo si aquel relato habrá sido verdad.
“Nadie sabría qué es Flagstaff sin haber estado antes allí… “